Editor: Antenor Maraví
Confidencias en Alta Voz

jueves, 4 de septiembre de 2008

¿Es tan difícil pedir perdón?


Javier Torres Seoane

El Ministro de Defensa Antero Flores Araoz, ha señalado que exigir que las Fuerzas Armadas pidan perdón a las víctimas de diversos crímenes cometidos por sus miembros durante el conflicto armado que libró durante casi veinte años con Sendero Luminoso es “poner de rodillas” al Estado. El Ministro confunde al Estado Peruano del que somos parte todos los ciudadanos, con un grupo de oficiales y subalternos del Ejército que no tuvieron compasión para asesinar, torturar y desaparecer a hombres, mujeres y niños en diversas masacres ocurridas desde 1983, año en que el poder político les encargó la resolución del conflicto armado interno.

¿Por qué razón pedir perdón a los familiares de estas personas significa no reconocer el importante rol que cumplieron las Fuerzas Armadas en la derrota de Sendero Luminoso? Pareciera que algunos políticos como el Ministro de Defensa piensan que, preservando la impunidad de algunos criminales, se preserva el respeto por el orden y la autoridad, especialmente en circunstancias en que éstos son puestos en cuestión por una sociedad atravesada por conflictos de diverso tipo.

Pero se equivoca el Ministro, porque no se puede continuar guardando silencio frente a las enormes evidencias de casos como los de Chuschi o Castillo Páez que tienen sentencia confirmada en segunda instancia por la Corte Suprema de la República; o frente a aquellos como el caso La Cantuta en los que los testimonios de la mayoría de responsables han confirmado que, durante el gobierno de Alberto Fujimori, se creó un destacamento al interior del Ejército Peruano cuya finalidad era cometer crímenes con el aval de los altos mandos militares. Lo cierto es que hasta el momento no hemos escuchado de parte de las fuerzas del orden un reconocimiento de que sus miembros cometieron graves violaciones a los derechos humanos, ni siquiera en casos tan graves como los de Putis o Los Cabitos, donde las recientes exhumaciones demuestran que los crímenes fueron cometidos dentro de las propias instalaciones militares.

Como bien sabe el país, la Comisión de la Verdad y Reconciliación concluyó que, en algunos lugares y en algunos momentos del conflicto, se produjeron violaciones sistemáticas a los derechos humanos por parte de las fuerzas del orden. Sin embargo, el silencio institucional de las Fuerzas Armadas avalado por el Gobierno Nacional, nos lleva a pensar que ni siquiera ellos creen su teoría de los excesos aislados que siempre acaban utilizando para explicar estos crímenes. En realidad, con su silencio y su negativa a brindar la información que el Ministerio Público y los Tribunales de Justicia requieren, las Fuerzas Armadas del Perú están perdiendo la gran oportunidad de enfrentar y cerrar una de las páginas más negras de nuestra historia, y de reconciliarse con todos aquellos peruanos y peruanas que sufrieron el maltrato y la vejación de sus derechos por parte de aquellos que tenían la obligación de protegerlos.
El terrorismo fue derrotado militar e ideológicamente en la década de los noventa y la mayoría de sus líderes han sido sentenciados a largas condenas por los terribles crímenes que promovieron y cometieron. Pasada más de una década del fin de la guerra es hora que la impunidad termine de una vez y para siempre en nuestro país.

Terror a la verdad


Carlos Urrutia

Asumir el mensaje de la Comisión de la Verdad y Reconciliación compromete a la sociedad civil, a las Fuerzas Armadas, a la Iglesia Católica, a los partidos políticos, todos ellos actores del drama de la guerra no convencional que vivió el país de 1980 al 2000, en la que se enfrentaron el Estado peruano contra Sendero Luminoso y el MRTA.

Toda guerra es una combinación de heroísmo y bestialidad, a pesar que existen principios universales y normas básicas de la guerra, plasmadas en el Derecho Internacional Humanitario, para prohibir las masacres y los abusos en cualquier campo de batalla, lo que lamentablemente se olvida en la hora del combate.

El terrorismo practica una guerra sin derecho, por lo que SL y el MRTA implementaron su búsqueda de “justicia social” a través de diversas formas de lucha basadas en la destrucción y la muerte, ocasionando inmenso sufrimiento a las víctimas, enormes pérdidas económicas al país y grave descalabro institucional en el Estado que terminó ganando la guerra.Lamentablemente, era un Estado muy poco entrenado en respetar derechos humanos y el estricto cumplimiento de la ley, por eso ganó el combate contra el terrorismo sin profundizar la democracia.


La ganó a balazos, a miedo, a secuestros y asesinatos como revela el Informe de la CVR y así, todo el daño que le hizo esta contienda a la economía se la hizo también a la democracia.Aún lloramos los muertos de esta guerra, madres y padres, hijos y hermanos, familiares y amigos que no los van a olvidar, sin importar en que bando del conflicto estaban.

Los senderistas no son cristianos ni los soldados y oficiales son comunistas, pero en la guerra sin derecho todos son parecidos. Los asesinatos masivos efectuados por los terroristas en las alturas andinas contra campesinos pobres, sus mujeres y niños indefensos, que han generado cicatrices inolvidables, ¿son históricamente justificables, Abimael Guzmán? Las masacres de Accomarca, Soccos, El Santa, Pachas, Pomatambo, Putis, La Cantuta, Cayara, Barrios Altos, Totos, Los Cabitos, contra civiles desarmados ¿fueron obra de espíritus admirables a los que hay que cuidar su impunidad, ¿Monseñor Cipriani?


Los militares no van a pedir perdón, ya lo dijo el ministro de Defensa, ¿y si piden los dan de baja? ¿y si piden perdón algunos terroristas, les aumentan la condena? ¿El perdón se ha vuelto un nuevo peligro?Monseñor Cipriani colgó un cartel en el Palacio Arzobispal de Ayacucho que decía “Aquí no se reciben denuncias sobre DDHH”, le faltó concluir una idea en su nuevo catecismo “Bienvenidos los que matan en nombre de la democracia peruana, porque los derechos de los que mueren por falta de democracia son una cojudez”.

La memoria de los pueblos contra la memoria de los computadores del terror


Los computadores del abatido Raúl Reyes se han vuelto como el bolso de Mary Poppins, de los cuales se puede sacar cualquier prueba que se necesite contra quien sea y en el momento oportuno. Ahora le tocó el turno al economista Héctor Mondragón, quien ha sido falsamente señalado de tener vínculos con las FARC.


La guerra colombiana es una estrategia de dominación, que justifica y confunde intencionalmente resistencias democráticas con resistencias armadas, terrorismo con lucha social y justicia social con amenaza para el orden institucional, con el único propósito de eliminar las primeras identificándolas con las segundas. Como hemos intentado explicar por este mismo medio http://alainet.org/active/25910, el Modelo Colombia se dirige contra movimientos sociales y se exporta activamente. http://www.nasaacin.org/noticias.htm?x=6406

La paz tiene que parecer alcanzable pero nunca lo será hasta que el enemigo no sea acabado definitivamente y enemigos son todos los que no están de acuerdo con la clase dominante. Solo luego de que habrá paz, la situación de todos los colombianos se mejorará mágicamente. Esto es el postulado uribista: la causa de todos los males es la guerrilla y guerrilla son todos los que no sean uribistas.

En nombre de esta paz utópica, que se alcanza con muerte y la eliminación física, todo se justifica; así, mientras en todo el continente soplan vientos de cambios, en Colombia soplan los mismos vientos de guerra de siempre.

La historia se transforma en experiencia si la examinamos de manera cuidadosa repasando los hechos para aprender lecciones. Ese repaso, ese camino hacia atrás se hace a través de la memoria, de las múltiples memorias que, tejidas desde la reflexión, se convierten en historia. Pero la historia no es un terreno neutro y eso se sabe porque no es la misma la de los vencedores que la de los vencidos, la de los opresores que la de los oprimidos. Quien gana es quien hace la historia simultáneamente negándole ese derecho a quienes quedamos sometidos a la historia oficial. La experiencia enseña a los pueblos a ir tejiendo pacientemente y en contravía de la versión que se impone desde el poder, a desarrollar su verdad. Solamente en la medida en que los sometidos hacen memoria, van tejiendo su propia versión y la convierten en propuesta, en proceso de transformación, en alternativa, se supera el sometimiento. Los seres humanos nos organizamos y recordamos para hacer historia. Si no levantamos la historia que nos merecemos, terminamos sometidos a la que nos imponen para beneficio de los opresores. Cuando los pueblos tienen memoria tejida en historia transformada en experiencia para caminar, se pone en evidencia el conflicto que confronta al orden establecido y su versión oficial con la vocación de los pueblos por vivir en libertad a su manera.

A través de la propaganda, que confunde, engaña, convence, de instituciones que establecen las reglas del juego del establecimiento y del terror y la fuerza, se somete, desde hace 516 años, a los pueblos en las diferentes fases del capitalismo. Un orden social que se basa en la acumulación egoísta de unos pocos que se han apropiado del trabajo y de la vida de los pueblos y de las tierras, territorios y bienes de la naturaleza y sus riquezas para convertirlos en mercancías que generan ganancias para los dueños del capital y terminan transformadas en basuras. Todo existe para ser explotado, expropiado y finalmente excluido y exterminado para que la acumulación del capital continúe. El consenso y la coerción se combinan para imponer y establecer esta historia de despojo e inequidad.

El capital debe evitar que la memoria de los pueblos se teja y se convierta en alternativa. Si esto llegara a suceder, los caminos de los pueblos se convertirán en alternativas y el conflicto en el camino de la transformación. El capital debe evitar que los pueblos caminen su historia. El capital debe imponer su versión por todas las vías a su alcance y lo sabe.

Una de las estrategias más poderosas para lograr este objetivo es la de desplazar el conflicto del terreno del debate de las ideas y de la movilización conciente de pueblos por causas justas, al terreno de la fuerza, de los dogmatismos, del dualismo amigo-enemigo. De manera activa, desde su propia fundación, el capital transforma por la vía de la propaganda a sus contrincantes en terroristas, en monstruos destructivos que deben ser aplastados por la fuerza por el “bien” de la sociedad establecida. El terror de los habitantes los moviliza a favor del régimen o los aplasta en la inmovilidad. Quien controle el terror, hace la historia y defiende el orden de la acumulación. Empujar a los pueblos a la violencia para defenderse de modo que puedan señalarse como violentos para aplastarlos es una vieja estrategia del capital que ha ido refinando, sofisticando y tecnificando. La trampa consiste en impedir la movilización y el debate de posiciones y verdades que pongan en evidencia el conflicto que desafía al orden injusto, imponiendo desde el poder el terror y la guerra que generen terror y guerra para justificar su uso y aplastar cualquier desafío. La guerra y el terror le sirven al capital. Colombia es un experimento ejemplar de esta historia que se hace a sangre y fuego para que los pueblos no podamos encontrar la libertad, nuestras memorias y experiencias y la historia que necesitamos. Esta dinámica nos permite entender el surgimiento recurrente de ejércitos insurgentes, el aplastamiento de procesos populares acusados de terroristas, la represión constante, la alianza de políticos, corporaciones, gobiernos, ejércitos, escuadrones de la muerte y medios de comunicación para imponer, por la vía del terror y la confusión, el orden del despojo y convertirlo en normal.

En este contexto, para los intereses del capital transnacional y globalizado, las FARC pasan de ser una amenaza de insurgencia popular a convertirse en un instrumento de terror al servicio del capital. Este es el propósito que pretenden imponerle desde el poder. Cada acción de las FARC debe servir para legitimar el uso de la fuerza y movilizar el respaldo popular. Pero además, hay que fabricar con la propaganda, unas FARC globales, terroristas, amenazantes y vinculadas con cualquiera que pretenda desafiar el orden, denunciar sus abusos, señalar la opresión y difamar el camino de alternativas diversas para la vida. En este contexto, las FARC de la propaganda, como instrumento desde el poder global, son la realidad distorsionada de terror para la consolidación del poder transnacional. Las FARC servirán al orden si ya no son amenaza al establecimiento sino instrumento para judicializar, difamar, legitimar el uso de la fuerza y atacar a quienes desafíen su poder de despojo.

Es evidente que estamos ante una estrategia muy bien preparada para globalizar a las FARC y explotarla en la guerra contra el terrorismo. En este interés no tendría sentido derrotarla militarmente en Colombia. Igual que Al-Qaeda, las FARC del capital corporativo sirven para actuar en todas partes, señalar a cualquiera y mezclar culpables e inocentes. Las FARC se transforman desde Colombia por acción mediática-policial en instrumento de la agenda transnacional globalizante. La memoria de los pueblos es aplastada por la memoria manipulada de computadores al servicio del capital transnacional.

La evidencia de esto se acumula. En las últimas semanas las campañas de difamación se han intensificado, se señalan vínculos de las FARC con el gabinete del Presidente brasileño Lula, Luis Ignacio da Silva, sindicatos, ONGs y toda la solidaridad canadiense y europea, el gobierno nicaragüense, el partido de la Rifondazione Comunista en Italia, el gobierno de Evo Morales en Bolivia, el recién electo Presidente Lugo de Paraguay, activistas españoles y ecuatorianos. Se aplica una conocida y refinada estrategia: se establecen las FARC como terroristas por sus propias acciones y por las tergiversaciones, "falsos positivos" (1) y distorsiones de la propaganda. Se genera temor y rechazo y se señala a cualquiera, sea o no de las FARC, como colaborador y simpatizante con el fin de movilizar la opinión y el poder en contra de la resistencia, la memoria y los derechos de los pueblos. Se desplaza la confrontación política ideológica al terreno del terror y de la fuerza a través de señalamientos. Se crea un mal absoluto y todos los que se oponen al sistema se adscriben a este mal. Las instituciones jurídicas se ponen al servicio de la persecución.

En esta red ha sido enredado hace poco un amigo.

Héctor Mondragón es un ser humano excepcional: un tejedor de memorias, un maestro forjador de conciencias y de caminos. Ha dedicado su vida a hilar desde las experiencias de los pueblos y desde develar las estrategias de opresión, verdades que convocan la memoria, fomentan la conciencia e invitan a transformar la realidad del sometimiento a la dignidad. Este maestro de sabiduría, humilde y comprometido, siempre dispuesto a enfrentar el odio con la verdad, la injusticia con la consciencia y la arbitrariedad de la fuerza con argumentos e ideas, es una verdadera amenaza para el orden de propaganda, explotación y terror que se impone en y desde Colombia, precisamente porque simboliza la lucha contra el terror, la propaganda y la explotación. Todos los que trabajamos el tema de Colombia hemos aprendido mucho y debemos mucho a Héctor Mondragón, por esto nos ofende y duele vernos obligados a defender una vida de coherencia y dignidad que él mismo expresa en su palabra contundente y transparente ante señalamientos criminales de un orden perverso que se sustentan en el engaño y la intención infame: la de ensuciar su nombre para difamar y destruir el camino que está ayudando a forjar con los despojados. A Héctor Mondragón y a los pueblos conscientes, el régimen les tiene terror, porque la verdad y la memoria son amenazas incontenibles.

Héctor, además de tener una visión amplia, histórica y analítica del país es una persona que impresiona por su simplicidad, por su disponibilidad y su compromiso con los otros. En su caso basta con que se lean sus escritos y con que se recuerden sus actos y palabras desde todos los procesos y movimientos sociales en Colombia y el mundo para sustentar esta verdad incuestionable: Héctor Mondragón no es un terrorista ni tiene vínculos con terroristas. Esto es mentira. No hablemos de Héctor Mondragón. Hablemos de la estrategia de terror y difamación aplicada contra Héctor y contra la dignidad y justicia de la lucha de los pueblos:

El 29 de agosto en un artículo publicado por el diario El Tiempo titulado:
Rastrean giros de sindicatos de Canadá a la ONG Fensuagro que habrían terminado en las FARC se encuentra la siguiente afirmación: “Y en un correo del 2 de abril del 2006, 'Reyes' le escribe a un hombre identificado como Héctor Mondragón: "Quiero presentarle a la camarada Liliany (...) ella trabaja conmigo y al mismo tiempo presta asesoría a Fensuagro (Federación Nacional Sindical Unitaria Agropecuaria) en su trabajo de relaciones internacionales. Naturalmente se trata de una camarada de absoluta confianza".

El correo de Reyes, según el reportaje, habría sido encontrado en los computadores del mismo Reyes, los que validó la Interpol y que son el “cerebro” permanente del régimen para globalizar a las FARC. Señalar a personas como Héctor Mondragón y a quienes no son terroristas sino luchadores sociales es su propósito fundamental. Propósito que será validado capturando de vez en cuando auténticos terroristas para fabricar credibilidad. “Si unos son culpables, los demás deben serlo”. De esto nos quieren convencer. Ahora se universalizan los "falsos positivos" y la paranoia. Las FARC, de ser un “ejército de bandidos” prácticamente derrotado, según el propio Gobierno, pasará a ser un poder perverso con presencia en tu barrio, en tu banco, en tu sindicato. Las FARC están en todas partes, en todo el mundo y son demonios. Cada sindicato, cada esfuerzo solidario, cada movimiento y persona que quieran desmovilizar y perseguir tendrá vínculos con las FARC. Así aparecerá en la memoria de los computadores.

Estos mismos computadores se han vuelto como el bolso de Mary Poppins, de los cuales se puede sacar cualquier prueba que se necesite contra quien sea. Pruebas que además mágicamente se filtran a la prensa en los momentos más oportunos.

El gobierno Uribe está involucrado en un número cada vez mayor de escándalos, cada uno de ellos sería suficiente para su caída. Parapolítica, cohecho de parlamentarios que aprobaron su reelección, falsas acusaciones y complot con paramilitares contra la Corte Suprema de Justicia, además del interés de la Corte Penal Internacional en abrir una investigación formal sobre Colombia. Frente a todo esto la reacción presidencial es como la de aquellos jugadores de Blackjack que después de haber perdido una vez doblan la apuesta la vez siguiente en el intento de recuperar, arriesgando, para llegar al punto en el que ya no hay nada más para apostar. En esta misma lógica el presidente nunca se defiende de las acusaciones sino que se lanza cada vez en nuevos ataques, esto, hasta que habrá gastado toda su popularidad.

El artículo en el cual se acusa irresponsablemente a Héctor, en un país en donde señalamientos y amenazas de muerte van de la mano, es firmado por la “unidad investigativa” de “El Tiempo”, cosa que por sí misma, explica porqué este periódico, además de ser el que más recursos tiene, no ha sido capaz de sacar a la luz ninguno de los escándalos en los cuales el gobierno del presidente Uribe se está ahogando. La revista Semana, el diario “el Espectador”, los noticieros de Canal 1 y hasta la revista Cambio han contribuido a que el país conozca la realidad de un gobierno cuyos integrantes están involucrados en los peores escándalos de la historia del país. En cambio, El Tiempo y su “unidad investigativa”, se limitan a reportar el contenido del bolso de Mary Poppins, y a arriesgar la vida de los ciudadanos.

En defensa de Héctor Mondragón hablan los comentarios de aquellos que, como los indígenas Nasa, han podido trabajar con él: “El que “Reyes” le haya escrito a Héctor Mondragón esta nota, o que se haya comunicado con él es falso. Esta es una invención perversa, mal intencionada y por ello mismo constituye un señalamiento criminal que busca ensuciar el buen nombre, la transparencia incomparable, la honestidad incuestionable de un maestro y compañero que merece todo el reconocimiento, respeto y afecto de quienes lo conocemos y venimos aprendiendo de él y con él desde hace muchos años. Tan bien lo conocemos y tan seguros estamos que podemos ser contundentes y definitivos en denunciar esta farsa repugnante y llamar a todas y todos los que lo conocen a hacer lo mismo.[…] Tendría que ser otro Héctor Mondragón el que recibiera esa nota, no el investigador, el asesor de procesos campesinos indígenas y populares en todo el continente y buena parte del mundo. El Héctor Mondragón que ha dado conferencias sólidamente documentadas, escrito textos invaluables e impecables por su fuerza, claridad y respaldo en la verdad, acompañado procesos y pueblos arriesgando su vida y entregando todo de sí por la verdad y la justicia, no recibió ese correo. Héctor Mondragón ha sido víctima de un señalamiento que busca difamarlo y silenciarlo.[…] Así como siempre hemos contado con Héctor para que nos enseñe y acompañe, hoy lo acompañamos y reclamamos que una sola voz firme y contundente se levante frente al terror y la falsedad”.

O como Justin Podur, canadiense, cooperante internacional y escritor, que tiene la suerte de traducir los textos de Héctor al inglés: “estas son las apelaciones desesperadas de un régimen criminal. El intento de desviar la atención de sus propios crímenes inventando crímenes de los otros. El conocimiento que tengo de Colombia llega a través de algunas personas, entre estos hay alguien que es un verdadero héroe para mí, el economista colombiano Héctor Mondragón. El es el mejor tipo de pacifista, uno que lo practica sobre si mismo, aun si esto es increíblemente difícil. […] Si el régimen persigue Héctor Mondragón, esto no es por razones conectadas con la recolección de fondos de las FARC, es por las mismas razones de siempre: destruir cada fuerza y organización social, incluyendo – o de pronto especialmente- las políticas y pacíficas que se oponen al saqueo del país”.

Héctor ha sido amenazado continuamente en su vida, ha tenido que salir del país, ha sido torturado por agentes del Estado en su juventud, pero el Estado no aparece para ayudarlo en su lucha o para reparar sus culpas, sino para señalarlo, para poner en riesgo una vez más su vida.

El señalamiento contra Héctor fabricada en la memoria del régimen del capital transnacional, transmitida a través la manipulada memoria de los computadores, es un anuncio de lo que avanza. Nadie está a salvo. La intención es el terror para someter. Si Héctor puede ser condenado, cualquiera es vulnerable. La lucha es entre la memoria que ha ayudado a tejer Héctor, la de los pueblos, la de la resistencia, la de las verdaderas estrategias, intenciones y trampas del opresor y la manipulada, falsificada y fabricada que se sirve de estratagemas sofisticadas para imponer una historia que nos lleva al fin de la historia. Defender a Héctor Mondragón es, por estas razones, defender nuestro derecho como pueblos a tener memoria y a hacer por fin realidad, nuestra libertad.

martes, 2 de septiembre de 2008

Tantas veces Cipriani


Nuevamente el obispo Cipriani hizo uso de una misa en la Catedral para hacer declaraciones políticas y llevar agua para su molino, atacando bajamente a los ex integrantes de la Comisión de la Verdad. Inclusive se permitió decir que son demasiado importantes los derechos humanos para estar en manos de un pequeño grupo ideológico, lo que constituye una gran falsedad sobre la CVR.
Como bien ha argumentado monseñor Luis Bambarén, hay aquí un cambio oportunista de posición de alguien a quien los DDHH no le importaron para nada durante el largo periodo de violencia que vivió el país, al punto de calificarlos de cojudez y de haberse callado en latín y todas las lenguas cuando era obispo de Ayacucho y su grey sufría un martirologio interminable por ser pobre, quechuahablante y encontrarse entre dos fuegos.
A nosotros no nos falla la memoria y recordamos bien que en el palacio arzobispal de Ayacucho hizo colocar un cartel que decía: Aquí no se reciben denuncias sobre DDHH; de modo que tenemos todo el derecho de dudar –como monseñor Bambarén, no pocos obispos y sin duda la mayoría del pueblo peruano– de este súbito cambio de quien se sirve del púlpito no para motivos de espiritualidad, sino para hacer política –como la hizo cuando daba conferencias de prensa con el dictador Fujimori– en tanto intenta someter a la iglesia peruana al entrismo sectario del Opus Dei.
De esto último hay suficientes pruebas, y basta leer el aviso publicado en nuestro diario el pasado sábado por comunidades de base de la prelatura de Juli, que dan escandalizada noticia de la expulsión de los padres de la orden de Maryknoll por el obispo español José María Ortega, miembro de la sociedad de la Santa Cruz, afiliada al Opus. El mismo proceder sectario que se ha registrado en otras diócesis del país y que ha dividido al pueblo católico.
Y, desde luego, está el proceso entablado por el arzobispado de Lima contra la Universidad Católica del Perú, en el cual, tras el pretexto de reivindicar una pretendida voluntad testamentaria de José de la Riva Agüero, no logra ocultarse la aviesa intención de tomar el control de dicha casa de estudios para convertirla en centro de penetración ideológica del extremismo fundamentalista de la Obra.
Menos mal, no todos los obispos son del Opus –aunque hay que andarse con cuidado, pues ya son varios– y la mayoría de ellos hacen de los pobres el centro de sus preocupaciones y apostolado. No olvidemos que la Conferencia Episcopal, a través de su presidente monseñor Cabrejos, ha dado su apoyo al informe final de la CVR en su quinto aniversario. Esa es la iglesia que cuenta, la que condena la violencia venga de donde venga, la que acompaña al pueblo de Dios en sus problemas cotidianos. La que acoge la espiritualidad de los humildes y desamparados.

La Republica

Realidad y odio

Giampietri, Rey y otros están abogando, sin decirlo, por la exculpación de Fujimori, y de paso de García, Mantilla y otros involucrados en la guerra sucia.


Ninguno de los vándalos que interrumpieron con gritos, patadas y puñetes el discurso de Salomón Lerner, ha leído siquiera las conclusiones del Informe Final de la CVR, pero saben que está contra su chino. Tampoco el vicepresidente y los ministros que han hablado en estos días han aportado alguna idea inteligente al debate. Pero todos participan de una misma idea: el Informe sólo sirve para enjuiciar militares que combatieron el terrorismo.
Obviamente lo que están diciendo estos personajes es que no aceptan el enjuiciamiento de ningún uniformado por cualquier hecho de la guerra, ya que ellos fueron los ganadores, y, por extensión, que tampoco están de acuerdo con procesar a los políticos que definieron políticas que tuvieron como consecuencia graves crímenes. Si lo quieren más claro: Giampietri, Rey, Cipriani y otros están abogando, sin decirlo, por la exculpación de Fujimori, y, de paso, de García, Mantilla y otros involucrados en actos de guerra sucia.
El Informe en sí mismo no les interesa –discutirlo hubiera sido profundamente sano para la sociedad peruana como acto de catarsis de los fantasmas de la guerra–, sino el principio que parecía un sentido común el año 2000, después del final de la dictadura, que era la necesidad de pasar a una etapa de posguerra, con una mirada más equilibrada de lo que realmente pasó y sobre una base de justicia en la que se establecieran responsabilidades reales, como una cura de la violencia, y para que nunca más se repitan masacres de pueblos, asesinatos selectivos, ejecución de rendidos y prisioneros, desapariciones, torturas, violaciones de mujeres, etc.
El Perú ha cambiado mucho desde el 2000 y grandes ilusiones se han diluido en el tiempo. Una de ellas era que habíamos aprendido la lección y empezábamos a imaginar una sociedad menos enfrentada. Pero justamente a los promotores de la concertación, como se le llamó al concepto de reunir sectores diferentes para intentar entenderse, es a quienes más palo les está cayendo por su intento de ir desmontando por partes la herencia de sociedad colonial y opresora que llevamos dentro.
La CVR y los organismos de derechos humanos han tomado la representación de lo que se llama genéricamente las víctimas y sus familiares, que involucra el más diverso conglomerado de personas, con un dolor común, que es el de la pérdida, y al que se agrega el de la falta de justicia. Contra ellas se han alzado los fujimoristas, siguiendo la pista de “Kerosene”, que les dijo en su cara que eran una mancha de terroristas, y de Montesinos, que se burló de la majestad de la Corte Suprema. Contra ellas opera Flores Aráoz al negar nuevamente la información para establecer responsables concretos por las masacres. Y sus compadres en el gobierno, empezando por Giampietri y llegando hasta García, quien guarda ominoso silencio, tras haber cumplido el papel de reciclador del fujimorismo.


Raúl Wiener

Redacción

lunes, 1 de septiembre de 2008

En voz alta. El Ojo II


Claudia Cisneros

Han vuelto. Los indolentes, insensibles, infames, inmorales, Son la Santa Inquisición de los DDHH. Cipriani, Flores Aráoz, Giampietri y Rey, los antihéroes de la política. Ellos detestan la verdad, les incomoda. Han pasado 5 años desde el informe de la CVR, liderada por un impecable académico, Salomón Lerner, sin ninguna otra motivación que la de contribuir con la cicatrización nacional de los dolores, heridas y sufrimientos de miles de peruanos: entre matices de piel, entre dolientes de Tarata y los cientos, por ejemplo, de Putis (123) y Accomarca (69), entre el pueblo y la Iglesia indiferente de Cipriani en los años más aciagos en Ayacucho, entre el pueblo y los militares que en vez de estar de su lado, asesinaron sin pruebas, juicios ni procesos, sin el menor pudor por el derecho a la vida.
Reconciliación del pueblo con sus líderes políticos, que, o no entendían qué pasaba o pensaron que con iguales sanguinarios métodos desaparecerían el terror. Claro que cuando la violencia y la sorpresa letal son el enemigo, pueden cometerse muchos errores. Eso se entiende y hasta se perdona. Pero siempre que los perpetradores lo reconozcan, se arrepientan y sientan que es hora de limpiar sus conciencias con la verdad.

Cultivando la memoria (aunque incomode)


Nelson Manrique

Varios hechos de la coyuntura –el intento del gobierno aprista de imponer a las comunidades campesinas leyes que faciliten el despojo de sus tierras; las declaraciones del vicepresidente Giampietri, del ministro Flores-Aráoz y el comentario al sesgo del cardenal Cipriani sobre la CVR; el ataque de Mercedes Cabanillas contra el viceminstro Vexler por los manuales educativos que dicen que tuvimos una “guerra interna”; el asalto fujimorista contra la conmemoración de la CVR– dicen bastante sobre quiénes nos gobiernan.El informe de la CVR sigue convocando las furias de sus afectados.
Es el caso del vicepresidente Giampietri, quien dirigió la toma del Pabellón Azul del Frontón (Informe CVR, volumen 7, p. 758), y en 1988 hizo declaraciones ante la justicia militar que incriminaban a Alan García, para después desdecirse.
El cardenal Cipriani, según el informe de la CVR, faltó a su deber y no defendió los derechos humanos de sus feligreses, cuando fue obispo de Ayacucho. Esto no impide que periódicamente opine sobre “esa cojudez”… los derechos humanos.
Las opiniones de Ántero Flores-Aráoz son coherentes con las expresiones que ya le conocemos: “¿Le vas a preguntar a las llamas y vicuñas sobre el TLC?”. Si ese es el respeto que le merecen sus conciudadanos, ¿cómo esperar que crea que ellos tienen los derechos que suele otorgársele a un ser humano?Durante el periodo de la guerra interna tuvimos cerca de 70 mil muertos.
Eso supera las bajas de todas nuestras guerras externas, así que no sé de qué otra manera podría llamársele, aunque la expresión no le agrade a la congresista Cabanillas (¿o es Vexler quien no le gusta?). Y aparentemente el informe de la CVR se ha quedado corto: estimó 8,558 desaparecidos pero son cerca de 14 mil 900, según acaba de revelar José Pablo Baraybar, el director del Equipo Peruano de Antropología Forense, que trabaja con la Fiscalía en tareas de exhumación en los Andes. El horror de Putis y Accomarca multiplicado.
El racismo que permitió la tragedia que vivimos, en una guerra en que el 75% de las víctimas fueron indios, aunque estos representaban solo el 25% de nuestra población, sigue mostrando su sucia faz en las reacciones de nuestros gobernantes y eso muestra cuánto nos falta avanzar como país.
Algo similar sucede con las leyes que el Apra pretende imponer a las comunidades: si, como dicen, estas persiguen su progreso y su felicidad, ¿por qué no consultar su opinión a los interesados? Claro, sería como preguntarles sobre el TLC.
Y a los fujimoristas que profanaron el homenaje a las víctimas de la violencia solo queda agradecerles que nos recuerden qué es lo que representan. Ya saben, la memoria peruana es frágil…